
La Educación para el desarrollo es el enfoque que considera la educación como un proceso dinámico, interactivo y participativo, orientado a la formación integral de las personas, su concienciación y comprensión de las causas locales y globales de los problemas del desarrollo y las desigualdades Norte-Sur, así como su compromiso para la acción participativa y transformadora”.
“La educación para el desarrollo, por tanto, es un proceso a medio o largo plazo que posibilita la capacitación, formación y puesta en marcha de estrategias de actuación con respecto a la realidad global por parte de las personas o grupos que participan en ella. Un rasgo que la caracteriza es que impregna e influye sobre cuatro dimensiones diferentes: personal, comunidad local, nacional e internacional. Así mismo, es un concepto dinámico que va evolucionando con las personas con las que interactúa bien sea en el marco de la educación formal, no formal o informal”.
(Marlen Izagirre)
La educación para el desarrollo cuenta ya con algo más de cuatro décadas de historia. A lo largo de este periodo se han producido cambios muy perceptibles en el concepto y la práctica de la educación para el desarrollo y en la importancia que se le otorga a este ámbito de actividad. La educación para el desarrollo se ha convertido en un componente de las políticas y las estrategias de los diversos actores que integran el sistema internacional de cooperación y ayuda al desarrollo, sean gubernamentales o no gubernamentales.
El primer precedente de la educación para el desarrollo (años 50) se encuentra en las actividades de sensibilización de la opinión pública realizadas por las ONG. Pero este tipo de campañas no tenían como objetivo realmente la educación, sino simplemente difundir información sobre los problemas del desarrollo y recaudar fondos.
Existen, sin embargo, dos grandes interpretaciones de la educación para el desarrollo:
Concepción específica, que limita sus contenidos a los problemas Norte-Sur y por tanto la diferencia de otros tipos de educación.
Concepción más amplia e integral, según la cual la educación para el desarrollo sería una denominación genérica que englobaría a otros tipos de educación: educación en valores, para la solidaridad, intercultural, para la tolerancia, para la paz, medioambiental, para la salud, para el consumo, para los derechos humanos, etc.
Evolución histórica
Años 60
se asiste a una creciente preocupación internacional por los problemas del desarrollo, así como a una nueva interpretación de éstos: el nuevo paradigma o teoría de la dependencia, que interpretaba la pobreza de los países del tercer mundo como consecuencia de las relaciones estructurales de desigualdad y opresión que les atarían a los del Norte. La influencia decisiva de los movimientos de renovación pedagógica (inspirados, por ejemplo, en Paulo Freire o Iván Illich), conforman el nuevo escenario en el que surge la educación para el desarrollo propiamente dicha. De la mera descripción de los problemas del desarrollo, que antes primaba, se pasa a un enfoque que trata de analizar y explicar sus causas y consecuencias.
Años 70
Se produce una explosión de iniciativas en educación para el desarrollo, orientadas en su mayoría a abrir los currículos escolares a los problemas mundiales, a reflejar en la educación las cuestiones de desarrollo y a incorporar las propuestas críticas y emancipatorias de las corrientes de renovación pedagógica.
Años 80
Se caracteriza por el rebrote de la Guerra Fría, el auge de los conflictos regionales en el Tercer Mundo, la concienciación sobre los problemas medioambientales y el retroceso socioeconómico en muchos países pobres. En consecuencia, la educación para el desarrollo centra su atención en problemas como la crisis de la deuda, el armamentismo y los conflictos, el deterioro medioambiental, las hambrunas o las migraciones, junto a otros como la situación de los niños y las mujeres.
Años 90
La educación para el desarrollo afronta varios desafíos. Uno de ellos es el de acomodar sus contenidos y objetivos a los nuevos procesos que caracterizan al escenario internacional, como la globalización, reflejando experiencias y propuestas alternativas, y estableciendo redes que posibiliten actuaciones a escala global.
En el ámbito de la educación formal, la educación para el desarrollo suele perseguir el fomento de diferentes valores y actitudes: autoestima, comprensión, justicia-equidad, empatía, tolerancia, solidaridad y cooperación. Las metodologías y técnicas para ello se inspiran en gran medida en las de la educación popular y, a pesar de su diversidad, suelen contener los siguientes componentes esenciales: formulación de hipótesis; búsqueda, reunión y clasificación de información; análisis; comunicación; contraste y debate; y planteamiento de estrategias de acción.
Por su parte, la educación para el desarrollo en los ámbitos no formal (ocio y tiempo libre) e informal (predominantemente los medios de comunicación) tiene otras estrategias específicas y adecuadas a esos medios. En esos contextos, la educación para el desarrollo suele verse como un paraguas que engloba diversos tipos de acciones, desde campañas de sensibilización, hasta movilizaciones, investigación, denuncia, lobby político, etc.
En cualquier caso, un criterio básico es que, tanto en el ámbito formal como en el no formal, la educación para el desarrollo no puede consistir en acciones aisladas, sino en un proceso más amplio de reflexión, formación y acción transformadora, que requiere una estrategia global a medio plazo.